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DAKAR
Capital de una África diferente

Altaïr Magazine - Nº 02
Octubre
2016
200 páginas


SUMARIO
  LA PENÍNSULA DESHIDRATADA
O CÓMO DESTRUYEN LA DAKAR DE MI INAFANCIA
Boubacar Boris Diop
     
  BOLIBACAR BORIS DIOP
EL ESCRITOR DE LOS MIL COLORES
Pere Ortín 
     
  DAKAR LA INEFABLE
LA VIEJA CIUDAD DE ROSTROS EXTRAÑOS
Oumar Ndao
     
  100 AÑOS DE LA MEDINA
BIOGRAFÍA DE UN BARRIO HISTÓRICO
Abdou Khadre Gaye
     
  EN ÁFRICA, UN IMAGEN NO ES REAL
LA FOTOGRAFÍA COMO ESPACIO DE COMBATE
Mamadou Gomis
     
  DAKAR 2.0
LA CIUDAD QUE MARCA TENDENCIAS
Ken Aicha Sy
     
  ¡DIME, DAKAR!
DAKAR AYER Y HOY
Massamba Guèye
     
  UN VIAJE DE CHINA A DAKAR
COMERCIANTES DE KAIFENG EN EL BARRIO DE CENTENAIRE
Daouda Cissé
     
  CRÓNICA DE UNA REVUELTA
Y'EN A MARRE, FADEL BARRO Y EL CAMBIO EN SENEGAL
Pere Ortín
     
  CINÉ BANLIEU
EL GUETO FILMA SU DESTINO
Keba Danso
     
  CONFESIONARIO NEGRO Y AMARILLO
AVENTURAS DE LOS TAXISTAS DE DAKAR
Cheikh Fall
     
  ADAMA PARÍS
LIBERTAD, IGUALDAD Y UN TOQUE DE ELEGANCIA
Altaïr Magazine
     
  EL WÓLOF CONTRA EL FRANCÉS
CHEIKH ANTA DIOP vs LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR
Boubacar Boris Diop
     
  VIVES VOIX
LIBROS QUE DESCUBREN UNA CIUDAD
Altaïr Magazine
     
  LUX MEA LEX
LA UNIVERSIDAD CHEIKH ANTA DIOP
Moustapha Diop
 
  YÉKINI, LE ROI DES ARÈNES
UNA NOVELA GRÁFICA SOBRE LA LUCHA SENEGALESA
Fran García
 
  LAS OLLAS DE DAKARLUX MEA LEX
COCINA Y SOCIEDAD EN LA CAPITAL SENEGALESA
Salimata Wade
 
  EN LA GARE DE DAKAR
RECUERDOS DE UNA NIÑA DE PROVINCIAS
Ken Bugul
 
  EL MAPA DE DAKAR
EL LABERINTO IMPROBABLE
Altaïr Magazine
 
EDITORIAL:

Este especial 360˚ de Altaïr Magazine sobre la gran capital de África occidental, Dakar, está recorrido por una corriente subterránea de amor y odio que es muy potente en las historias de los escritores Ken Bugul, Massamba Guèye y Boubacar Boris Diop.

En sus textos se saborea el regusto amargo del aderezo de la nostalgia por una ciudad que ya nunca más podrá ser. Bugul, Guèye y Diop, ya mayores, reconocen que Dakar —en su pasmoso crecimiento y su poderosa entropía— se les escapa de las manos y les desquicia casi en la misma medida —contradicciones humanas— que les atrapa con sus placeres, su mar y su fuerza vital.

Puede que también fuera «odio» (y, quien sabe, si quizás no amor, al menos respeto mutuo) el que se profesaron en vida las dos figuras intelectuales más importantes del Senegal moderno, el presidente-poeta Léopold Sédar Senghor y el escritor, historiador, antropólogo y matemático Cheikh Anta Diop.

No es un sentimiento extraño al propósito que se plantea Altaïr Magazine acercándoos los vericuetos del proceloso océano llamado Dakar, donde nadan millones de personas. Nuestro reto es reflejar cómo, por encima de los problemas del desarrollo urbano en África —y también de los clichés del afropesimismo que, con precisión de cirujano, extirpa Boris Diop— existe una identidad múltiple, vibrante, animada, contradictoria y fecunda.

De esa ciudad que se mueve nos habla el joven cineasta de Pikine Keba Danso quien, con su Ciné Banlieu, persigue el rastro dejado por Touki Bouki, por Diop Mambèty y por Ousmane Sembéne. También se nota ese latido callejero en los vestidos y las palabras de la estilista Adama Paris, recientemente elegida una de las diez mujeres más poderosas de África; y en la desacomplejada escena cultural que nos muestra Ken Aïcha Sy. Dakar, como toda megaurbe, vive inmersa en sus conflictos, pero siempre miró al mundo que había más allá de Senegal y de África.

Modernidades globales también heredadas de una esplendorosa tradición cultural y crítica, de civismo político y de compromiso, que se puede leer en las proclamas contra la corrupción política del enérgico Fadel Barro, uno de los jóvenes líderes africanos más respetados.

Y una afirmación rotunda: las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi o Maputo y de Lagos a Dakar o Douala, existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas, que, en el caso del África negra, deben llevar siempre el preceptivo elefante, el no menos importante baobab, el acostumbrado tambor ancestral y un destacado atardecer rojo.

Contra todo eso nos previenen los textos del profesor Cissé, en su análisis de la relación entre la ciudad y China; la crónica del fallecido Oumar Ndao —que siempre aseguró que el Dakar real era un poco clandestino—, y también las personalísimas imágenes del gran fotodocumentalista Mamadou Gomis que ilustra casi todo este 360º alrededor de una ciudad en la que todos los barrios tienen un nombre con ritmo (Derklé, Liberté, Plateau, Dieuppeul, Boabab, Pikine, Guediawaye, Rufisque, Parcelles, Almadies, Yoff, Patte d’Oie, Hann, Ouakam, SICAP…), pero ninguno tiene la historia y la personalidad de la centenaria Medina, como nos cuenta el profesor Gaye.

Dicen los libros de historia que Ndakaaru (Dakar en wólof) es una ciudad joven... Puede que sea cierto, pero, si se leen los trabajos del veterano profesor de historia senegalés Abdoulaye Bathilly, se descubre que «hace seis mil años» se instalaron por estas costas los primeros habitantes, que eran, según los vestigios hallados en el islote de Sarpan, «pescadores intrépidos» que vivían en el actual Cabo Manuel. Las guerras posteriores (en los siglos XVII y XVIII) y los conflictos (en Ndiambour y en Kajoor) acabaron dando lugar a algo parecido al primer precedente real de lo que empezaba a ser Dakar, un lugar que, en 1843 y según los textos coloniales franceses, no era más que «unos cuantos centenares de chozas».

Hoy, en cambio Dakar es…
una ciudad
que cambia todos los días,
tolerante y abierta, donde Alá sigue siendo «grande», pero sabe convivir;
en construcción permanente,
de chinos que vienen de Kaifeng, pero viven en Centenaire,
que desorienta;
donde cualquier acera es un comercio,
vibrante, elegante y coqueta,
de descampados inmensos;
donde los periódicos se cuelgan al sol como la ropa,
con campesinos urbanos,
en la que el ruido y el silencio son la misma cosa,
de buenas olas para el surf que tienen nombres como Phillippes o Vivier,
donde tocar el claxon es el deporte más popular, después de la lamb,
donde a los coches les salen colas en forma de amuletos;
con historia,
donde el centro son las afueras,
de mercados gigantes,
en la que el renacimiento africano mira al océano,
y donde la vida es un laberinto improbable.

En los últimos años Dakar ha crecido más (aún más). Sería necio negar que ha mejorado mucho sus infraestructuras viales, pero eso no ha hecho aún que la vida de la mayoría de los ciudadanos sea mejor: siguen en muchas zonas las inundaciones, los cortes eléctricos, los problemas sanitarios, la falta de agua potable y los problemas con la basura.

Pero si no nos dejamos intimidar por eso, ni tampoco por los atascos y la contaminación; si no nos amedrenta esa visión de guía turística occidental que nos conmina a escapar de ella para, como denuncia en nuestro 360˚ la editora Ghael Samb, buscar tópicas fotografías de postal… descubriremos una ciudad tan fascinante y contradictoria como la propia vida, llena de amor y de odio.

Dakar, un caos con apariencia armónica, atractivo y cruel; de tráfico lento y caminar ligero, donde no es necesario soñar, solo hay que abrir bien los ojos.
 
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