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A BORDO DEL GÉNERO
Cruzando fronteras

Altaïr Magazine - Nº 04
Marzo
2017
152 páginas


SUMARIO
  ¿DEMASIADO PELIGROSO?
VIAJAR SOLA PESE A LOS LOBOS
June Fernández y Cristina E. Lozano
     
  LA SOLEDAD NO TIENE GÉNERO
AQUÍ Y AHORA EN UN HOTEL DE BERGEN
Leila Guerriero 
     
  LA GUERRA ME HIZO FEMINISTA
LIBRETAS LLENAS DE VOCES DE MUJERES
Marcela Turati
     
  LA NIÑA QUE A VECES ERA NIÑO
DE VIAJE POR EL DICCIONARIO
Lucía Martínez Odriozola
     
  FONDO DE ARMARIO
VIAJAR SIENDO LGTB
Andrea Momoitio
     
  TAILANDIA NO ES EL PARAÍSO
RETOS DE LA COMUNIDAD TRANSEXUAL
Ana Salvá
     
  LOS MEJORES VIAJES HORRIBLES
CINCO VIAJES AL INFIERNO
Martha Gellhorn
     
  MARTHA GELLHORN
LA AUTOESTIMA DE UN SUPERVIVIENTE
Ana Belén Herrera
     
  ELLAS ABREN SUS CASAS
EMANCIPACIÓN Y TURISMO COMUNITARIO
Ma Ángeles Fernández y Jairo Marcos
     
  UNA PROMESA A CESÁRIA
LAS TCHINDAS DE CABO VERDE
Marc Serena
     
  ENTRE AGUAS Y PLUMAS
HISTORIA NEGADAS DE LAS MUJERES DEL 27
Bárbara M. Díez
     
  CRÓNICAS DEL INFIERNO
MUJERES, PERIODISTAS, INFILTRADAS
María Angulo Egea
     
  JOUMANA HADDAD
LA ESTIRPE DE LILIT
Emilio Sánchez Mediavilla
     
  EN LA PIEL INCORRECTA
LIEVE JORIS EN EL CAIRO
Marina Hernández
     
  ORIENTE DE MUJER
A UNA VIAJERA LE PASAN ESTAS COSAS
Patricia Almarcegui
 
  CENIZAS FRÍAS DE REALIDAD
EL VIAJE DE ANNEMARIE CON ELLA
Berta Jiménez Luesma
 
  RETRATOS DEL COMPROMISO
PIONERAS DEL ACTIVISMO FEMENINO
Fran García
 
  VIAJE AL CENTRO DEL DOLOR
¿SE PUEDE EMPUÑAR UNA PALABRA?
Paty Godoy
 
EDITORIAL:

Cuando la artista estadounidense Judy Chicago estaba en la universidad, un profesor dijo que las mujeres no habían contribuido de forma signicativa a la Historia. Su indignación le sirvió como motor para buscar referentes y constatar que esas mujeres no sólo existieron sino que su legado fue borrado del relato histórico patriarcal. Años después, la artista inauguró su instalación más destacada, The dinner party, una gigantesca mesa triangular que convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia: literatas como Virginia Woolf, gobernadoras como Teodora, emperatriz de Bizancio, o activistas por los derechos humanos como Sojourner Truth, afroamericana que luchó por la abolición de la esclavitud y que se preguntó qué es ser mujer.

Cultura viajera sexista
Como en la universidad, el arte, el periodismo, la economía... sucede algo similar en la cultura viajera: la educación sexista y patriarcal ha animado a viajar y a sentirse importantes en ese mundo del viaje mucho más a los hombres que a las mujeres. A pesar de ello, en todas las épocas y en condiciones muy adversas, siempre ha habido muchas mujeres que han desobedecido el tradicional mandato de quedarse en casa, de limitarse al rol de buenas esposas y madres abnegadas, de cuidadoras perfectas para el regreso de hijos y maridos «viajeros». Eso sí, casi ninguna de ellas ha sido reconocida ni recordada de igual manera que los hombres. De hecho, cuando los compañeros sentimentales eran también compañeros de viaje, ellos acababan siendo los célebres y celebrados y ellas, las meras «acompañantes», como nos muestra el caso de la «desconocida» Martha Gellhorn y su gran talento opacado, casi borrado, por la alargada sombra de su pareja, Ernest Hemingway.

El viaje, una historia de violencia
El lenguaje nunca es inofensivo ni tampoco neutro: las palabras pesan, significan, definen, acotan, discriminan. Cuando decimos «el viajero» (de la misma manera que cuando decimos «reportero»), nos imaginamos un arquetipo: varón, occidental, blanco, más o menos fuerte y, en general, sin discapacidades aparentes o aparentes, presumiblemente heterosexual. Sus características y actitudes en el universo del viaje vienen, además, determinadas por adjetivos como: aventurero, intrépido, osado, atlético... Esto es, en parte, un reflejo de la realidad, pero también es un imaginario, una narración más o menos interesada que refuerza un determinado statu quo y que invisibiliza otras realidades, otros cuerpos, otras miradas, otras sensibilidades «viajeras».

«Cuando decimos “el viajero”, nos imaginamos
un arquetipo: varón, occidental, blanco,
sin discapacidades aparentes,
presumiblemente heterosexual»


Violentas normas binarias
Así, las jóvenes siguen creciendo con muchos menos referentes de viajeras y reporteras. Y ello, sumado al habitual mensaje «No vayas sola, te puede pasar algo» han reforzado una cierta idea de la cultura viajera como territorio masculino. Es cierto que aún «puede pasar algo» cuando una mujer viaja sola. Es cierto que muchas viajeras se toparán en sus recorridos con el acoso y la violencia machista, verbal y física; e incluso, por desgracia, con agresiones sexuales. Y todo ello es cierto también porque, a un nivel muy profundo y como explica el filósofo Paul B. Preciado: «El género mismo es la violencia (...) las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia». Así, si ser una mujer libre que viaja en una sociedad patriarcal y machista sigue pasando factura, mucho más aún para las personas transgénero que afrontan en sus viajes, además, las violencias habituales y normalizadas, la precariedad y la patologización con las que se castiga a quienes incumplen las normas binarias.

A bordo del género
El esfuerzo compensa siempre. Las viajeras que rompen esas barreras culturales impuestas, que sortean esas binarias fronteras violentas afirman, sin duda, que el esfuerzo siempre compensa. Ellas consiguen entrar e interactuar —de eso casi nunca se habla— en espacios vedados a los hombres, hablan y pueden relacionarse con toda la población local, y también se pueden permitir libertades que a las mujeres locales se les niegan. Frente a ese vago «te puede pasar algo», las viajeras que rompen barreras pueden contar cuáles son los riesgos, cómo se previenen, cuáles son sus herramientas y estrategias para moverse en entornos complejos y, a veces, hostiles. Y, sobre todo, esas viajeras que rompen barreras contagian su entusiasmo a otras mujeres para viajar a bordo del género y para que la cultura viajera deje, por fin, de ser un privilegiado universo de lo masculino.

Saltar las aduanas de género
Este viaje de Altaïr Magazine hemos decidido compartirlo con nuestras colegas de Pikara Magazine porque surge de esas reflexiones compartidas, de esos encuentros e ideas que se se ponen sobre la mesa y que acaban, a veces, en forma de pasta de celulosa manchada con tintas, aquí y ahora.
Este viaje a bordo del género trata de acercarse a que la cultura viajera —entendida a la manera en que lo hacemos en Altaïr y Pikara— puede también ser un espacio de transgresión para modificar imaginarios y subvertir ideologías. Al igual que emigrar —el viaje más importante de todos— viajar fuera de los estrechos márgenes que marca la poderosa industria del turismo y su factoría capitalista de placeres posibles ha sido siempre una estrategia para hacer(se) muchas preguntas, también para que las personas que se salen de las normas binarias puedan expresarse y respirar fuera de entornos opresivos que niegan sus ideas, cuerpos, deseos e identidades.
Pero cruzar una frontera de género no es cosa fácil. Sobre todo cuando tu aspecto no coincide con el sexo que afirma tu pasaporte. Lo saben muy bien las personas trans que también conocen que la policía no siempre lleva uniforme: es policía de género, por ejemplo, la encargada de un hotel que, por miedo, intereses o presiones sociales, se niega a alojar o a ofrecer una habitación con cama doble a una pareja del mismo sexo. Para muchas personas LGTB, viajar también puede ser tomarse un respiro del control social habitual en su entorno cotidiano o, al contrario, volver al armario para evitar agresiones, o bien las dos cosas al mismo tiempo o a ratos. Las normas que construyen los géneros no siempre nos limitan —hay momentos de ruptura, viajes libres— pero siempre nos condicionan, como recuerda en su obra la teórica Judith Butler.

Un collage de voces
Así, con esos trazos diversos, hemos dibujado este libro-revista monográfico de Altaïr Magazine, A bordo del género. Se trata de un collage de voces diversas que, desde un amplio entendimiento de la cultura viajera, trata de cruzar las fronteras de los géneros e ir más lejos con las historias de: Leila Guerriero, Marcela Turati, June Fernández, Cristina E. Lozano, Lucía Martínez Odriozola, Andrea Momoitio, Ana Salvá, Ana Belén Herrera, Martha Gellhorn, Paty Godoy, María Angulo, Marc Serena, Mª Ángeles Fernández, Berta Jiménez Luesma, Patricia Almarcegui, Bárbara M. Díez, Jairo Marcos, Marina Hernández, Emilio Sánchez Mediavilla y Fran García. Todas ellas ilustradas con una propuesta de atractivos foto-collages confeccionados por Mario Trigo, Barbara M. Díaz y Paula Galindo y editadas por Jordi Brescó y Berta Jiménez.

«El viaje, como lo entendemos en Altaïr y Pikara,
puede ser un espacio de transgresión
para modificar imaginarios y subvertir ideologías»


La mochila de los privilegios
En todas las historias de A bordo del género se plantea, de una u otra manera, ese balance entre el riesgo y el atrevimiento que supone viajar de una determinada manera en la que también entran en juego muy diversos privilegios: económicos, sociales, culturales, religiosos y de la cantidad de melanina de tu piel. Viajar por placer es un privilegio de unos pocos, una minoría absoluta de los más de 7.400 millones de habitantes del Planeta y tiene mucho que ver con en qué parte del mundo has nacido, tu poder adquisitivo, el país que pone en tu pasaporte y si ese país vive en guerra o se enriquece con la venta de armas; de cuáles son tus derechos laborales y de cuántas semanas de vacaciones pagadas te corresponden al año; de si tu piel es o no blanca, y de, si al rellenar tu solicitud de visado en una frontera, podrás definirte como «white caucasian» (sic) o no… Hablar de la disolución de los géneros como los hemos entendido hasta ahora implica reconocer muchas otras relaciones de poder y privilegio que entran en juego cuando viajamos. Siguiendo los caminos que trazan investigadoras y activistas como Ochy Curiel, Hakima Abbas o Sokari Ekine tenemos que ver otras historias de luchas feministas más allá de las de la mujer occidental y blanca para romper con una historia lineal y para que la expresión del género incorpore las variables de clase, raza, cultura/s…
Los privilegios de las viajeras occidentales también determinarán su relación con la población local, y, casi siempre, las dudas, preguntas y contradicciones que generan son más que interesantes: si yo, mujer, me beso con mi novia en Uganda o en Rusia, ¿estoy haciendo activismo o estoy valiéndome de mi privilegio de europea al ejercer un derecho negado para la población LGTB local? Si me pongo a beber cervezas con los hombres del pueblo indio por el que paso como viajera, ¿qué supone eso para las mujeres del pueblo? ¿Es mi papel intervenir ante una agresión machista que no sorprende a nadie porque en esa sociedad se encuentra normalizada? ¿Qué siente una chica indígena casada a los 15 años por acuerdo de sus padres si le cuento que yo decido si me emparejo o no, si tengo hijos o no? ¿En qué lugar me sitúo? ¿En qué lugar la/s sitúo? Son preguntas, dudas, interrogantes… Otra vez más y como siempre hacemos en Altaïr Magazine, el viaje entendido como una «máquina de hacer y hacerse preguntas».

Viajar en ¿femenino?
En la visión clásica masculina viajar es, en gran medida, una narcisista competición olímpica (Citius, Altius, Fortius); es eso de plantar banderas más alto que tu competidor, de tu rival, mientras te atusas el mostacho; es «descubrir» lugares ignotos… Frente a eso nos planteamos más dudas: ¿existe una forma femenina de viajar? Y más allá: ¿y sí, siguiendo con la propuesta de los feminismos latinoamericanos y africanos, tal vez ya no se trate de feminizar la cultura viajera, sino de despatriarcalizarla, despojarla de estereotipos, alimentarla, nutrirla con narrativas diferentes a la que se nos han vendido hasta ahora; de contrarrestar, en definitiva, esa visión del viaje ego-heroica, aventurera, fuerte y masculina. La montañera y escritora Eider Elizegi lo explica así: «Puede que en la manera lenta e improvisada de viajar, como permitiendo que el viaje se teja a sí mismo sin dirigirlo demasiado, haya una actitud que tenga que ver con el género, y que huye del viaje como conquista, como marca de “aquí he estado yo”, como consumo capitalista de destinos y lugares y monumentos y... personas».
Una vez más, se trata de actitudes vitales, más que de órganos genitales. Algunas actitudes vitales serán espontáneas, otras reflexionadas, culturales y aprendidas. En la cultura viajera no sucede nada que pase en otros ámbitos de la cultura. Un ejemplo que nos parece más que necesario plantear: la siempre inconclusa descolonización de imaginarios supremacistas occidentales sobre África/s y sus gentes; la perentoria necesidad de cambio en las lógicas de eso que aquí llamamos «ayuda» y también en muchos discursos académicos y periodísticos neocoloniales para referirse a ese universo.
Cambiemos. Intentemos observar, analizar y modificar las actitudes con las que nos relacionamos con las ciudades, con las montañas, con las fronteras, y sobre todo, lo más importante, con los otros seres humanos que nos encuentramos cuando viajamos: observemos cómo el otro y la otra leen nuestros cuerpos, cómo nos perciben; analicemos cuál es nuestra mirada, qué diálogo establecemos con cada espacio, lugar, y con las gentes que lo habitan y también le dan sentido; qué poso queda en nosotros cuando partimos, si es que tiene que quedar alguno.
Recordar y olvidar. Construir memorias y relaciones creativas, diversas. Redefinir nuestras verdades inventadas e inventoras de la realidad para volver de ese nuevo viaje con más incertidumbres que certezas. Habiéndonos puesto en duda al dejar que se diluyan las categorías, las fronteras, los géneros. Aprovechar el viaje, la novedad llena de posibilidades que sentimos al contemplar un paisaje nuevo, compartir la vida en una ciudad extranjera, conscientes de que, en palabras de Preciado, «de la nación, como del género, hay que empezar por dimitir»; y que esa renuncia, esa posibilidad de un nuevo experimento asociado al viaje, nos ayudará a «proponer otros mapas» y llenar nuestras maletas con «acciones que nos permitan fabricar la libertad».

Pere Ortín - Director de Altaïr Magazine
June Fernández - Coordinadora de Píkara Magazine
 
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